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Un paréntesis necesario para Beatriz Sala Santacana 

  • Por: Julienne López Hernández
  • cerámica, publicaciones, reseña

Beatriz Sala Santacana (La Habana, 1975) es una joven ceramista cubana de formación autodidacta, que inició su trayectoria artística en 2004, tras licenciarse en Derecho en la Universidad de La Habana. Sus primeros pasos en el mundo de la cerámica se vieron impulsados por la atracción que siempre sintió por el arte

Cerámica cubana contemporánea: un paréntesis necesario para Beatriz Sala Santacana.

¿Autodidactismo VS profesionalismo?

Beatriz Sala Santacana (La Habana, 1975) es una joven ceramista cubana de formación autodidacta, que inició su trayectoria artística en 2004, tras licenciarse en Derecho en la Universidad de La Habana. Sus primeros pasos en el mundo de la cerámica se vieron impulsados por la atracción que siempre sintió por el arte, incluso antes de optar por la carrera de Derecho. Lo cierto es que su inclinación por esfera artística nunca estuvo bien definida hasta 2004; antes de esa fecha su afinidad la inclinaba hacia la actuación, e incluso pensó en ingresar en el Instituto Superior de Arte, aunque su real deseo era estudiar historia del arte. No obstante, culminó la carrera de derecho, aunque lo que menos imaginaba era que pronto llegaría a volcar todas sus interrogantes, certezas y destrezas en otra profesión noble y generosa, plena de satisfacciones, tanto como de sinsabores.

Dentro de esa disyuntiva, su primer acercamiento a la cerámica fue muy espontáneo y hasta casual, tuvo lugar en casa de un amigo, a quien vio trabajar con el barro y por vez primera se acercó entonces a dicho material, y con ello a esa forma primigenia de la creación. A partir de ese momento y en el propio cursar de su carrera de leyes, comenzó a modelar algunas figurillas, partiendo de reproducciones de la artesanía mexicana, y en general de ese mundo prehispánico, representado en libros. Esta mirada ingenua y básicamente reproductiva progresivamente fue madurando. Si bien la imaginería de la cultura mexicana marcó sus inicios como ceramista –aunque nunca se desprendió del todo de ella–, lo cierto es que su conciencia como artista no llegó hasta un tiempo después.

Luego de su licenciatura en derecho y de haber ejercido por un tiempo su profesión, ante la camisa de fuerza que le imponían las leyes y la apertura que le brindaba la creación, finalmente cedió, y dio paso a la artista que asumió el reto que le impuso la cerámica, no como un hobby, sino como una nueva profesión donde podía hacer lo que más quería: crear.

Específicamente su acercamiento a la cerámica guarda también estrecha relación con uno de los grandes ceramistas de nuestro país: José Fúster. Este ya consagrado personaje del mundo de la cerámica fue una sólida base de la que partió Santacana, pues al tener conocimiento de la existencia del taller de dicho artista en Jaimanitas y movida por esas ansias de aprender y de crear, comenzó a frecuentar el taller de Fúster, y es a partir de esta primigenia interacción que mostró mayor preocupación por el tema.

Su primera exposición personal fue ciertamente un punto de partida decisivo para la creadora, por vez primera insertada como artista autodidacta en el circuito de galerías de La Habana, mediante una muestra caracterizada por la ingenuidad de sus primeros pasos. Fue una exposición plagada de figurillas de múltiples colores, de estética altamente plural, donde convivía sin dicotomía una iconografía que tenía su precedente en las esculturas precolombinas mexicanas, junto a ideas y conceptos más cercanos a lo cubano. Esa estética para nada conservadora, que incluso podía rozar con el kitsch, eliminaba fronteras para propiciar el diálogo entre personajes típicos populares cubanos –como la negra Tomasa o la Emiliana del cantautor Carlos Puebla– junto a una visualidad que apostaba por un pasado precolombino de la tierra mexicana.

Porque, por encima de su ferviente pasión por la imaginería mexicana, Santacana siempre ha tenido esa necesidad de estar anclada a lo cubano, que es también lo universal. Con esta muestra la artista se movía con libertad entre culturas, siempre indagando en la raíces y con una visible deuda estética para con Sosabravo, de quien se siente también deudora, sobre todo por esa manera particular de fragmentar geométricamente las figuras en un aparente desorden, donde dicha fragmentación deviene aún más notable por el contraste de colores. De esta forma comenzaban a aflorar en su obra esos conflictos del creador latinoamericano, vistos ya sea desde los presupuestos teóricos de la hibridez, o de los motivos iconográficos privilegiados.

Esta exposición, que luego se presentaría en Matanzas, Varadero y Holguín, tuvo muy buena recepción por parte del público y de la crítica especializada. Teniendo en cuenta las dificultades que entraña el mundo del arte, sobre todo si es ceramista, mujer y además autodidacta, lograr esa primera exposición supuso un gran reto para Santacana. Tuvo que enfrentarse en pleno siglo xxi a prejuicios que denunciaban esa latente dificultad de asimilación de la cerámica como una expresión más de las artes visuales, como una expresión del arte y no como artesanía. Esta manida polémica aún no del todo demodé en el circuito del arte cubano, se ve acentuada en este caso por otro tema muy sensible: formación artística VS autodidactismo.

Si bien es cierto que la distinción entre arte y artesanía es básica para captar la esencia de lo artístico, dicha distinción no debe concebirse en términos de oposición o exclusión, ya que en realidad no es más que una diferenciación en el seno de una relación polar. Tal afirmación supone un integrar lo artesano en lo artístico y la inclusión de lo artístico en lo artesano. De esta forma, cuando el inconsciente de Santacana se convierte en fuente originaria de inspiración y la espontaneidad y autonomía de su genio adquieren total primacía en el ámbito de lo artístico y desplazan a segundo término la importancia y significación de los aspectos técnicos –aunque las expresiones del talento creativo requieren y exigen los cauces técnicos de la plasmación–, su obra es representativa del más genuino arte contemporáneo cubano.

Todo ello resulta claramente expuesto al afirmar que sus piezas no tienen ese fin utilitario y carácter seriado que necesariamente distingue a la artesanía, sino que destacan por la particular forma de hacer de la creadora. Lo cierto es que la forma artística de sus piezas es sin uso, no está sujeta a condicionamiento alguno de carácter utilitario, ni responde a un necesidad humana inmediata. Su actitud madura frente al arte la aleja de los anacrónicos románticos que no le conceden más que funciones decorativas o para la contemplación.

Respecto a la complejidad de la obra de Santacana pudiera señalarse su incursión en múltiples soportes (escultórico, mural, losas, vasijas, platos, obras ambientales, instalaciones), lo cual la hace una creadora verosímil y de dinámica postmoderna respecto a los soportes y técnicas con que trabaja. Precisamente aquí radica uno de los valores de la obra de Beatriz: su pluralidad, su necesidad de constante experimentación en diferentes formatos y soportes, lo cual la mantiene todo el tiempo activa y unida a la cerámica. Un recorrido por su obra la describe precisamente como una creadora incansable, quien en apenas en nueve años de carrera artística ha transitado, incluso simultáneamente, por el trabajo con la vasija, los platos, la cerámica escultórica y más recientemente, con el mural.

De esta forma enriquece formalmente su producción, expuesta a ser atravesada por un metal o por una cuerda, porque Beatriz apuesta por esa síntesis entre el barro y el metal, tan enriquecedora para la cerámica al aportarle suma expresividad. Sus piezas más recientes son un collage donde el vidrio, la chapa, la cuerda y otros materiales reciclados conviven en armonía y así cualifican el aliento postmodernista de su obra. Inconscientemente la artista toma del Arte Povera en ese gesto de reciclar lo natural y convertirlo en arte, y lo inserta especialmente en sus esculturas y murales e integra formas inorgánicas según feliz contraste en un fuerte volumen, materiales y elementos que los recargan de códigos y significados inquietantes y debido a esta sumatoria, sus murales adquieren altos relieves que le ofrecen textura y con ello una visualidad tridimensional.

Si bien en sus inicios del trabajo con el mural comenzó solo con la pintura abstracta de las losas, luego los fue complejizando a partir de la inclusión de elementos que le otorgaran volumen. Su camino por el mural se hizo cada vez más rico visualmente, pues entre esmaltes y pinturas comenzó a insertarle objetos y a trabajar con la forma en función del mensaje, logrando ese absoluto dominio formal y poder de síntesis que constituyen atributos indispensables del gran arte. De esta manera las criaturas que pueblan sus murales adquieren vida, sus peces adquieren independencia en ese vaivén de las aguas, mientras lechuzas, pájaros y otros representantes de la fauna se disputan una visualidad que coquetea con lo real y lo imaginario. Se despega incluso de la manera tradicional de hacer murales y se impone el reto de hacerlos con figuras exentas en la pared y no con losas sujetas a ella.

Más recientemente la artista se ha dedicado al trabajo con el mural, lo que le ha permitido expandir el consumo de su obra hacia lugares que se distancian del circuito artístico más formal, al emplazarse en sitios turísticos como el Hotel Breezes Jibacoa y en la comunidad del poblado de Jaimanitas, específicamente a través de un mural emplazado en el Hogar Materno Celia Sánchez Manduley. Así, su quehacer se expande no solo en formato, sino en ubicación geográfica, lo que propicia un mayor consumo, ese acercamiento del arte a la vida tan aclamado por eso primeros postmodernos que salieron con sus obras del espacio galerístico hasta las calles. Ciertamente el trabajo con el mural le brinda a Santacana la posibilidad de, no solo propagar su producción artística, sino de contribuir a la cualificación de la estética urbana. Capaz de alterar la cotidianidad, de detonar ideas y placenteras contemplaciones, sus murales devienen no meros añadidos del espacio urbano, sino esas propuestas estéticas tan necesariamente útiles para cualquier sociedad que aspire a alcanzar un elevado desarrollo cultural.

Este tipo de obra por encargo supuso para la artista un reto, pues si bien en determinados momentos tenía libertades de creación, en ocasiones, como la mayoría de las obras por encargo, se veía sujeta a un pedido que la hacía incursionar en nuevas técnicas. Ello, más que una camisa de fuerza, supuso para Santacana un desafío que igualmente nutrió su formación como ceramista.

En este punto sería provechoso resaltar su intención de representar un mundo alejado de la realidad. Aunque con referentes que permitan anclarse a ella, sus piezas más recientes se caracterizan por una ruptura expresa con la mímesis, con ese realismo decimonónico, de ahí que declare sentirse más cómoda con la abstracción, a través de la cual puede recrear con mayor libertad su mundo soñado. No es para nada gratuito entonces su acercamiento a la estética del Miró ceramista, de ese ferviente surrealista, amante de las formas abstractas, de los colores primarios, de los grandes formatos y de ardiente añoranza por el trabajo con el subconsciente y lo infantil.

La artista no duda en demostrar entonces su dominio de las formas y los materiales tradicionales a la manera convencional, algo que hoy resulta poco explotado debido al auge de la penetración de las nuevas tecnologías en el mundo de arte, las cuales vienen a suplantar aquella aura inmanente a la condición del oficio artístico. De ahí que su discurso estético oscile desde una figuración clara, decodificable para la mayoría de los espectadores, a partir de su alto nivel de iconicidad y que se traduce sobretodo en modulaciones escultóricas capaces de conformar un ambiente tenso y reflexivo en el espacio de exhibición, hasta propuestas abstractas que le permiten recrear con mayor libertad ese mundo imaginario.

Tanto en el trabajo de sus vasijas como en el de sus platos y minimurales se puede advertir a una Santacana que, echando mano de ese pastiche o intertextualidad innata del artista del Caribe, emplea disímiles registros pictóricos hasta conformar el suyo propio. De una forma u otra muy apegada en su génesis al surrealismo, ya fuese al de Frida Kahlo o al de Miró, Beatriz apuesta por poner esa estética en función de su propio imaginario, el cual parte en primera instancia de la realidad que la rodea. Insiste así en el valor intertextual de su obra, a partir de la apropiación de todo aquello que le resulta válido como motivo artístico, recurso plástico o presupuesto conceptual.

Y es que la fuerza de la realidad cotidiana es un hecho incontrovertible en la obra de Santacana, donde un universo gráfico apoyado en las contradicciones y vivencias va entretejiendo su propio universo imaginario. Esta creadora de Cuba, e incluso más allá del Caribe todo, se revela ante los estereotipos acuñados para subyugarnos y retomar sus orígenes, su memoria, su amor por la vida, su familia, sus gustos personales y sus conflictos. Su universo temático gira en torno a asuntos diversos de la cotidianidad: emociones, drama, amor, patria, todo ello con la ineludible impronta de nuestros orígenes. Porque Beatriz echa mano de lo cotidiano a la par que arranca de los límites de la memoria reminiscencias de las expresiones artísticas de una cultura que la sedujo desde los inicios de su carrera artística: la mexicana. Por esta vía su obra apunta hacia lo universal, partiendo de su experiencia cotidiana ahonda en aspectos y asuntos que competen a todos los seres humanos, de ahí que se aleje del manido cliché identificativo de lo cubano para insertarse en un lenguaje mucho más universal.

Su universo de preocupaciones sobrepasa lo individual para alcanzar cotas elevadas en lo social y cultural manteniendo, a la vez, esa coherencia formal de que gozan sus diferentes formatos y soportes, pues un hilo conductor las une, las entreteje en lo conceptual y estético. De esta forma la trayectoria artística de Beatriz Santacana acusa un ajustado equilibrio entre propósitos ideológicos y resultados estéticos, entre concepto y materia, entre contenido y forma.

Esto ha determinado que su carrera artística sea muy fructífera, pues fuera de todo encasillamiento, incursiona en disímiles asuntos. Su manera de asumir la creación no es a través de series, como acostumbramos a ver en otros artistas: manifiesta sus preocupaciones o filosofía de la vida de manera aleatoria. Si bien en determinadas etapas de su carrera se ha sentido más atraída por la cultura mexicana y en especial por la figura de Frida Kahlo, o por la imaginería de la etapa precolombina, o por la representación de dos figuras en el momento de su maternidad; lo cierto es que se nutre esencialmente de los sucesos cotidianos, ya sean representados a través de la figuración, o de esas fuertes emociones que la conducen hasta la abstracción.

Crea piezas para todos los públicos: aquellas de poderosa contundencia donde es inevitable la reflexión, hasta otras de sentir más abstracto, prestas más a la contemplación. Y es que en esta ceramista existe una posición pendular, que le permite explorar rutas diferentes aunque complementarias, y dejar así testimonio plástico de los contrastes que conforman el escenario de su tiempo y realidad.

Amén de lo anteriormente expuesto, y por la importancia que tuvo para Santacana en un momento de su vida artística, vale hacer un paréntesis para ahondar en su fervor por la emblemática figura de Frida Kahlo. Beatriz Sala revisita este personaje de la historia del arte universal en más de una ocasión, y más que rendirle un homenaje, dialoga con Frida, se acerca a ella desde un intimismo propio de quien se siente cautivada y deudora de su obra, pues al decir de la artista, comparte con la surrealista mexicana muchos aspectos, desde el autodidactismo, hasta esa manera un tanto agresiva de mirar la vida, ese espíritu constante de lucha, esa forma tan abierta de darlo todo en el acto de la creación artística. Por ello Frida se convierte en símbolo recurrente dentro de su cerámica escultórica, ícono constante y eficaz dentro de sus presupuestos artísticos, donde el diálogo entre espacio y estructura, escala y material, perpetúa a Frida, a la par que dicha representación va cambiando el pulso de su trayectoria artística.

Estudiosa de la vida y obra de la mítica mexicana, Beatriz propone a través de las piezas referentes a dicha pintora un diálogo fructífero, libre de prejuicios y de los manidos clichés, pues en las obras en que la alude no identificamos a Frida precisamente por sus cejas unidas o su perenne sufrir. La artista prefiere modelar aquellos aspectos que más comparte con la creadora, en especial su alegría de vivir a pesar de los pesares y ese aire optimista, especie de protector con el que se escudaba ante las adversidades de la vida.

La exposición personal Alas para Volar supuso para Santacana un giro notable en su obra, marcado sobre todo, en el plano de la técnica, por las grandes dimensiones de las piezas que suponían complejos ensamblajes, y por el trabajo con los esmaltes en función del contenido de la obra. El impacto visual de las esculturas obedecía a la liberación del medio artístico que otorga licencia y validez para el experimento con nuevos recursos expresivos. La escala fue uno de ellos, la cual es utilizada por Santacana no por pura necesidad estética, sino como contenido sustancial de las piezas en sí.

Dicha exposición sería para la artista el espacio idóneo donde dar lecciones de eficacia plástica, impacto visual y dominio técnico. Más allá de sus peripecias en el trabajo con la arcilla, y otros materiales como el hierro, el acero, la madera, cuerdas y papel, destaca dicha muestra por ser un punto de madurez en la obra de Beatriz, denotado por la pluralidad de soportes en los que trabaja y la experimentación técnica, así como por su marcado interés en despegarse de la mera reproducción y apostar por la conceptualización de sus obras. En esta ocasión su trabajo sobresale por la sostenida fuerza estilística a la hora de ejecutar piezas de colosales dimensiones y fuerte dramatismo a la hora de representar desde sus esencias las figuras de Frida Kahlo y Diego Rivera.

Esta exposición le dio las alas que necesitaba para despegar definitivamente el vuelo, porque a partir de entonces alcanzó una aceptación mucho más favorable. Con esas nueve piezas de gran formato que componían la muestra, logró insertarse de lleno en el espacio de la cerámica artística cubana. Ya no se apreciaba en ella esa creadora inocente que reproducía fielmente figurillas de la imaginería mexicana a manera de prueba o ensayo, se estaba ante una Santacana estable, capaz de rebasar esa etapa reproductiva propia de quien se inicia de manera autodidacta en el mundo del arte, y de adentrarse en su propio imaginario, donde apuesta por la creación y no por la reproducción y definitivamente hace artesanía artística.

En el plano conceptual en dicha muestra establece sus propios símbolos con una solidez muy convincente, se apropia de elementos del ideario religioso mexicano vinculado a la muerte, como los exvotos y los retablos, para resignificarlos con textos de marcado carácter lúdico. Aquellas pequeñas figurillas a manera de exvotos en Alas para volar se convierten en un gran exvoto escultórico dedicado a la Virgen de Guadalupe, en tanto modela el conjunto escultórico Sueño Dominical para describir esa intensa y siempre polémica relación entre Frida y Diego. Así, construidas con un lenguaje que tiene tanto de profano como de sagrado, las obras de esta exposición consolidan a Beatriz en el trabajo con la cerámica escultórica, donde despliega su maestría técnica con los esmaltes y los complejos ensamblajes de grandes dimensiones, que luego se traducirían en su afán por los murales de grandes dimensiones.

Aunque por ser mujer, la cerámica le impone retos físicos al trabajar con grandes formatos que supone la carga de grandes pesos, el esmaltado que implica el trabajo con productos agresivos, además de influir en su impronta femenina (ataviada siempre con una vestimenta de trabajo, donde destaca el delantal sucio del barro y las manos descuidadas), esos retos para nada aminoran su apetencia creativa, sino que, ya aclimatada a ese ambiente, disfruta del oficio. Resulta válido entonces reconocer su esfuerzo, sobre todo teniendo en cuenta las condiciones materiales de hoy, que se saben difíciles especialmente para una disciplina como la cerámica.

Publicado por la Revista Artecubano No. 2 de 2018. Pp. 90-93

Sobre la autora: Julienne López Hernández. Licenciada en Historia del Arte por la Universidad de La Habana. Se ha desempeñado como docente en el Departamento de Estudios Teóricos y Sociales de la Cultura de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana. Ejerce la crítica de arte en varias publicaciones cubanas y del exterior.

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