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Beatriz Sala Santacana: El huracán y la mariposa

  • 16 de octubre, 2017
  • Por: Ernesto Pérez Castillo
  • arte, cerámica, Escultura, Estudio

Hay una casa frente al mar, y es hermosa. Una casa hecha de luz. Una luz muy clara y muy suave, que no deja resquicio alguno a las sombras.

Una luz que se desliza en paz sobre las maderas, tanta y tanta madera en esa casa. Una luz que va y viene entre las vetas naturales del pino y la caoba, y esa luz termina reposando allí donde te sientas, frente a la mirada de esta mujer, que habla con una voz que apenas se escucha, atravesando del sonido del agua que cae sobre las piedras de alguna fuente que no ves, pero que sabes cercana y sientes tranquila, fresca.

Ella es Beatriz. Y esa casa hecha de luz, es su casa. Ella no lo sabe, o al menos es algo que no reconoce abiertamente, que no se atreve a confesar, y se contradice al hablar, diciendo que pasa el día allí, en su estudio –así le llama: su estudio– y que luego al terminar el día se marcha a su casa –esa otra casa que desconozco y que ella llama así: su casa– y las horas que pasa en aquella, la que ella llama su casa, se las pasa pensando en lo que ha dejado a medias, en el estudio.

Pero yo lo sé, como dos y dos son cuatro. Es innegable, no es algo que se pueda ocultar, es imposible no darse cuenta. Ese taller, ese estudio, por más que ella se empeñe en llamarle así, es mucho más: allí es en realidad su casa, su casa de a de veras, su casa de verdad. Allí Beatriz trabaja, sí, y por eso es allí donde tiene vida, es allí donde Beatriz crea, y por eso es allí donde vive –un “vive” que he debido escribir con mayúsculas, resaltar con un subrayado. Entonces, de una vez: esa casa hecha de luz, no es otra cosa que su casa.

Ya de niña, mientras andaba el mundo a la zaga del padre diplomático, con un pie en ningún lugar y un pie en ninguna parte, ya desde entonces, Beatriz estaba buscando su casa, la casa entonces imposible entre tanto cruce de aeropuertos, aduanas, fronteras, asentarse para muy poco tiempo –nunca se sabe cuánto– en aquellas ciudades tan lejos y tan cerca de La Habana, siempre hermosas y siempre ajenas. Y fue en México donde vio, eso tampoco ella lo sabe todavía, el primer atisbo, la primera puerta de la que después sería su casa.

Ocurrió cuando tuvo enfrente por primera vez una cabeza Olmeca. La miró como si la estuviera tocando, como si en ese momento, de pronto, recordara intensamente algo que nadie le había dicho jamás. Entonces se dejaba fascinar, no es que pudiera evitarlo, por la alfarería mexicana, especialmente por la que carga sobre sí la magia ancestral de la cultura Maya. Esos colores siempre armónicos, esas líneas siempre suaves, sinuosas, redondeadas. Como la vida.

Con todo ello entre el pecho y el alma, regresó a La Habana, adolescente aun, donde los cursos escolares habían comenzado seis meses antes, regalándole así, la torpeza institucional, otros seis meses de libertad antes de volver a un aula. Y entonces hizo lo que ningún otro adolecente haría con tanto tiempo libre y para sí por delante: tirarse a leer en su cama. Leía de todo, pero especialmente le atraían esos libros de filosofía, viejos, desencuadernados, olorosos a la humedad y al polvo de los años, manoseados, llenos de apuntes manuscritos por otras manos anónimas, a veces lúcidas y a veces delirantes, libros que solo se conseguían donde los libreros de segunda, casi de contrabando.

Y fue en una de esas vueltas y revueltas a la caza de uno de aquellos libros raros, que sucedió lo inesperado: sin venir a cuento, en el apartamento de uno de aquellos libreros semi clandestinos, justo en el centro de la sala, en un tercer piso, a doce metros sobre el nivel del mar, se tropezó Beatriz con una palangana de esmaltado astillado y quebradizo, el óxido a todas luces avanzando, en la que reposaba, húmedo y fresco, un montón de barro. Era inevitable: el barro siempre aparece a dos pasos del milagro.

Dice Beatriz que se compró un par de libros ese día pero, por más que cierre los ojos y retuerza su memoria en el intento, no recuerda títulos ni autores ni ningún otro detalle. Lo que sí recuerda –¡cómo olvidarlo!–, es que antes de irse del apartamento, sin pensarlo demasiado, se dio vuelta hacia el joven librero, con una ansiedad que entonces no entendía, sin todavía saber para qué o qué hacer con aquello, y le pidió casi en un ruego, que le regalara un poco de aquel barro.

Ya en su cuarto, metió Beatriz las manos en el barro, y casi a ciegas comenzó a modelar de memoria –¿por dónde iba a comenzar si no, con tanta deuda mexicana pendiente?–, una cabeza Olmeca, muy suya, la primera pieza salida de sus manos.

Supo de un sitio, en el mismo corazón de La Habana, en la frontera entre la humilde y bulliciosa barriada de Centro Habana, y el tan aristocrático y creído barrio de El Vedado, donde se encontraban los jóvenes artistas y compartían lo que hubiera, que siempre era muy poco pero que siempre era tanto. Allí se acercó a Eugenio, en La Madriguera, y con él pudo conocer al fin los primeros secretos del horneado. Luego fue Fúster, con la sorprendente y azarosa alquimia, a raros maravillosa y a ratos frustrante, de los esmaltes.

Con Fúster vio algo más: el artista se había construido un taller donde pasaba las horas trabajando, un sitio al que volver sin que allí nada hubiera cambiado. Las herramientas donde mismo las dejaste, la taza de café mediada, la pieza a medio camino que se queda esperando a que vuelvas, sin tener que guardar, recoger, acomodar, solo irte y regresar y seguir por donde ibas… un espacio levantado del aire, a tres pasos del mar, cuatro paredes de tablas vencidas y olorosas todavía al salitre del que habían sido rescatadas. Y eso quiso, y quiso también un horno, y eran los últimos ochenta, y Cuba entonces era un país donde todo era regalado. Así que buenamente regalados fueron los ladrillos para el horno, pedidos directamente en la fábrica. Sin una factura, sin una orden de compra, solo eso, una adolescente que se sienta frente al director de la fábrica, le mira a los ojos y le dice sin más: necesito como cien ladrillos para hacerme un horno de cerámica.

Pero los caminos nunca son rectos y las más de las veces son enrevesados. Beatriz, que quería estudiar Historia del Arte, terminó matriculándose en la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana. Así se hizo Abogada, con un interés repentino en el Derecho Mercantil. Ya entonces, a pesar de la toga, Beatriz conseguía vender algunas de sus creaciones. ¿Y el dinero resultante, a dónde iba? Todo se lo gastaba en sus libros de Derecho, los imposibles de conseguir, los indispensables, y que solo encontraba, otra vez, con aquellos libreros de trasmano que frecuentaba desde la adolescencia.

Quería saberlo todo en su oficio de estreno, porque ella todo se lo toma en serio, y se tomaba muy en serio su personaje de abogada. Aunque al tigre siempre se le salen las rayas: más de un Juez, al terminar los pleitos, sonriendo le advertía que en la redacción de las sentencias no se necesitaban tantos párrafos, que la ley se la pasaba mejor sin tantas florituras ni meandros.

Hubo un momento, ya hasta con oficina propia, anaqueles atestados con los libros del oficio –ya se sabe, conseguidos de uno en uno, con paciencia temeraria–, en que fue llamada a la dirección y de una le dijeron que no podía seguir trabajando allí. No era confiable: su casa la visitaban extranjeros.

¿Qué otras visitas serían de esperarse en la casa de la hija de un diplomático, qué otro círculo de amistades, si hasta con un extranjero se había casado? Era el absurdo, que solo consigue hacerse entender a largo plazo. Era en realidad la vida, forzando a Beatriz a desinventarse, a aceptarse a sí misma, a volver a su raíz. Ese día terminó su vida de abogada.

Como quien cansado del mundo se retira al desierto, así se fue Beatriz a internarse en su taller, obsesionada confesa ya con la cerámica. Se le vio salir de allí un año después y fue para su primera exposición. Tenía invitados especiales: aquellos que la habían expulsado del empeño de abogada. Los recibió en la galería, y supo darles las gracias.

Hoy, cuando levantas la mirada, cuando los ojos de Beatriz te dejan mirar hacia otra parte y miras alrededor, descubres un discurso que no es feminista pero, eso sí, es muy femenino. Esas esculturas de pequeño y de gran formato se sostienen en una idea que las atraviesa a todas por igual. No hay más que mirarlas, pero mirarlas de verdad, y mirarlas en el privilegio de su estudio donde puedes apreciarlas en conjunto. Es la comunión de la cerámica, muy muy trabajada, y la madera casi bruta, o el hierro oxidado y vencido. Maderos mutilados que, mucho ha, tuvieron alguna función en cierto mueble del que solo queda el olvido. Hierros marcados por la intemperie, la humedad, el paso de los años, mecanismos imposibles de reconstruir.

Hay mucho de imaginería, pero también mucho de cálculo,  de ingeniería pura, de química y de física, en el modo en que han sido sobrepuestos esos tres básicos elementos: el hierro, la madera, la cerámica. Mucho pensarse cada unión, cada empalme, cada detalle, para lograr esos difíciles, precarios, impensables equilibrios. Y ahí está la síntesis: los elementos se sostienen uno sobre el otro, sobre el otro. Pero siempre, siempre, es la parte de cerámica quien hace el trabajo, quien lleva sobre sí el peso del sólido pedazo de madera o del trozo de hierro tan duro. Ese es el sello de su discurso, o mejor, del diálogo de Beatriz con el entorno: su peculiar conciencia de la sutil armazón del universo. Allí, esa idea contradictoria salta a la vista: lo débil, lo efímero, lo frágil sostiene sobre sí a lo duradero, lo irrompible, lo eterno.

En esa idea quizá inconsciente, apenas esbozada, de lo femenino como basamento y sostén primario del mundo, se devela una de las claves, sino la más importante, de la obra de Beatriz. Esa idea, y la búsqueda de la belleza, de la felicidad, en el cuasi imposible equilibrio de los opuestos.

Un dolor comparto con Beatriz: ver las obras partir. Un artista, con suerte –y con mucho de esfuerzo y de trabajo–, vive de eso, de sus ventas. Pero hay una realidad allá afuera: no son los cubanos quienes compran arte en Cuba. Las obras de nuestros artistas, también las suyas, como hijos pródigos, se marchan al otro lado del mundo, allende los mares, muy lejos de su casa, parten al país del nunca jamás, parten a ese lugar de donde no regresa ni el recuerdo. Pero a los hijos hay de que dejarlos partir, se consuela ella. Y solo hay que desearles que sean felices, allí, donde sea que aniden.

Ella trabaja con música. Muy levemente, muy bajo, se escucha en el estudio, siempre, una fuga, una tocata, una obertura. Cuando termina el día y Beatriz se va a su casa –ese otro lugar que no conozco y que ella insiste en llamar su casa–, deja la música flotando por sobre las piezas que acaban de salir del horno, por sobre las recién comenzadas, por sobre los lienzos –que también pinta. En la noche enciende la radio, y cuando escucha la música sabe que esa misma música se escucha también en el estudio –o sea: en su casa de verdad, en aquella casa hecha de luz, muy junto al mar. Y siente que la música constante también modela el barro, también define su obra, también hace el milagro. Como esas plantas, que crecen mejor y más sanas cuando hay música en los invernaderos, con flores de color más pronunciado. Así piensa Beatriz, y está convencida: la música mejora el alma de las cosas, y le asiste en la belleza que sale de sus manos.

Esa es Beatriz, que es también metódica y organizada, que lleva un riguroso registro de sus pruebas, que sabe de humedades, de temperaturas, de tiempos, de peso y contrapeso. Como una frase que suelta de pronto, que escuchó en la radio, un verso de una canción que no recuerda, o que recuerda mal, pero que tal vez la define mejor que todas estas líneas: Beatriz es como la mariposa que aletea, en vuelo obstinado y directo, hacia el huracán.

Ver publicación original en: http://havanamas.blogspot.com/

 

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